miércoles, 24 de febrero de 2010

Texto: Gloria Torres Daudén en La montaña errante
Imagen: Remedios Varo




La Princesa Tenebrosa estaba en su palacio de puntiagudos pináculos y torreones torcidos. Se preparaba para salir en medio del día de tormenta a ver eso de lo que todos hablaban.

—Mi Señora, Gaya —le dijo un silfo nocturno mientras la asistía en su baño—. Es como quedarse ciego. Y si te acercas demasiado… —balbuceó la criatura. Sus manos pequeñas señalaron el agujero abierto en su pecho.

Ella asintió. Había visto el efecto de la Nada en varios de sus súbditos ya. Pero aún así quería ir. Quería ver aquel horror con sus propios ojos. A fin de cuentas ella, como soberana de las criaturas tenebrosas no temía a nada. ¿Qué podía ser aquello, capaz de aterrar incluso a los suyos?

Una vez seca y vestida con sus mejores galas negras, el silfo nocturno le puso una diadema de huesos y plumas de cuervo sobre los cabellos negros. Después ella caminó, despacio hasta la gran puerta del palacio, cruzando los corredores en tiniebla.

Unos demonios de largos cuernos aguardaban en la calle frente a su litera de sedas rojas. Tomó asiento y ellos la levantaron. Después, entre gruñidos, la llevaron hasta las puertas de la ciudad de los espectros y de allí un largo trecho por los caminos retorcidos, más allá de las murallas. De vez en cuando Gaya asomaba su rostro pálido entre las cortinas y observaba con sus ojos llameantes. Pero tan sólo veía árboles secos, puentes, casuchas, estatuas rotas y ruinas de castillos y monumentos olvidados. Lo único, quizás estuvieran algo más grises de lo que lo recordaba, pero no podía estar segura. Hacía demasiado que no salía de palacio.

Siguieron adelante largo rato entre la niebla maloliente que cubría los caminos, hasta que ella volvió a asomarse, y entonces lo vio. O mejor dicho, no lo vio.

—¡Alto! —gritó.

Los demonios se detuvieron entre gruñidos y un vaho amarillento escapó de sus fauces.

Despacio, Gaya bajó hasta el suelo polvoriento. Sus pies descalzos sintieron el frio de las piedras. Miró al horizonte. Allí estaba aquel horror. Un masa de Nada, tal y como le habían dicho y en medio la transición grisácea cada vez más irreal que se acercaba, avanzando, despacio, hacia su ciudad. Le temblaron las manos.

—Es verdaderamente atroz —murmuró para sí. Entonces oyó un gruñido a su espalda. No era de los demonios, sino uno más ronco. Se dio la vuelta deprisa. Su cabello negro osciló en el aire turbio. Ante ella vio a un enorme lobo de pelaje oscuro.

Gaya lo observó un momento.

—No eres de aquí —dijo al fin—. ¿De dónde vienes, extranjero?

—Eres sabia, mi Princesa —resonó la voz ronca del lobo.

Gaya esbozó una sonrisa torcida.

—Conozco a mis súbditos.

—Y habéis venido a ver la Nada —constató él con algo similar a una sonrisa.

Ella asintió despacio.

—¿Os parece hermosa? —preguntó el.

—Me parece irreal y turbadora —se agitó un instante—. Pero es atractiva, de algún modo —miró hacia la Nada un instante—. Mis piernas parecen querer acercarse a ella.

El lobo pareció sonreír.

—Pero no lo haré —añadió la Princesa—. Sé lo que hace si te aproximas demasiado. Lo he visto. Un agujero les atraviesa, les devora. Poco a poco dejan de existir.

—Sí —rugió el lobo. Sus ojos centellearon de verde.

Gaya arqueó las cejas. Le pareció que la criatura se ría.

—¿Quién eres? —insistió ella.

—Puedes llamarme Gmork, mi Princesa.

Ella dudó un momento, mientras se rascaba la mejilla con una de sus larguísimas y retorcidas uñas negras.

—Ven a palacio y hablaremos, Gmork.

Los ojos del lobo brillaron de verde.

—Será un placer, mi Princesa.

Tras esto, ella subió de nuevo a su litera y se tumbó sobre las sedas. Los demonios se pusieron en marcha y entre sus gruñidos, Gaya oyó los pasos retumbantes del enorme lobo negro que la seguía.

Durante días y noches permaneció Gmork en compañía de la Princesa como si se tratase de un perro. Ella lo acariciaba y lo acicalaba. No se apartaba jamás de su lado. Ni siquiera cuando tomaba sus baños largos y untaba su cabello largo con sangre joven. Era especialmente fácil conseguirla ahora que la Nada había aislado aldeas y que los héroes, en su mayoría, habían perecido en inútiles luchas contra la devastación y ya no podían proteger a niños del acecho de sus sirvientes.

Gmork la miraba con fascinación en sus ojos profundos. Ella sonreía a su manera, pues agradecía su compañía. Siempre había sido muy solitaria su vida en aquel palacio oscuro, pero había otro motivo por el que lo había traído. Tiempo atrás, había oído hablar de los hombres-lobo a algunas de las brujas que la servían. Gaya quería saber el secreto que escondía Gmork, y tan sólo de él podría obtenerlo, por eso lo trataba con la mayor de las simpatías y le permitía cazar lo que gustase, incluidos a sus propios súbditos.

Y, poco a poco, el gran lobo negro se fue confiando. Una noche, entre bostezos de él y caricias de ella, Gmork le explicó que carecía de mundo. Otra, mientras ella se peinaba y él devoraba el cadáver de un gnomo, le contó que pasaba de uno a otro sirviendo al poder. Así fue sucediendo, al caer cada noche que él se abría cada vez más, desvelando, despacio, cada uno de los secretos de los hombres lobo. Y ella, encantadora, a su manera, lo alababa por sus malas acciones en la tierra de los hombres, lo felicitaba por las guerras que había causado, sonriéndole con su gracia oscura y celebraba con copas de sangre los infortunios que se habían generado el lobo con cada uno de sus actos. Y Gmork hinchaba orgulloso el pecho ante los ojos llameantes de la Princesa Tenebrosa.

Con el paso de los días la Nada se cerraba más y más entorno a la ciudad de los espectros. Las propias murallas se volvían grises y Gaya se apresuró en obtener más respuestas mientras una pesadumbre le llenaba por dentro. Se sentía como una sombra que vagaba por los pasillos desolados de su palacio. El silfo nocturno había desaparecido ya del todo sin que supiese qué había sido de él.

La Princesa puso entonces todo su empeño en mostrarse aún más espléndida con su invitado. Y poco tardó Gmork en caer en su trampa. Al fin, una noche, frente al balcón que daba a una plaza de árboles torcidos, el gran lobo le contó todo, su gran secreto. Le desveló al fin que había sido enviado para devorar a aquel en quién la Emperatriz Infantil había puesto todas sus esperanzas, a destruir la última opción de ambos mundo, el fantástico y el humano. Con la muerte de ese héroe, Fantasía no tendría ya salvación. Había perdido su rastro, eso le dijo, con un gruñido ronco. Cerca de las tierras de Ygramul el Múltiple, pero aún así, lanzó una risotada de lobo. La Nada lo arrasaba todo y pronto moriría la propia Emperatriz. El lobo lanzó un aullido de satisfacción y ella le sonrió. De una forma u otra, Gmork se creía vencedor.
Gaya lo escuchó en silencio, con una mano sobre el pelaje negro de él. Sus uñas retorcidas le acariciaban tras las inmensas orejas.

Esa noche, al acabar su relato, Gaya le ofreció a un asustado duende. El lobo saltó sobre él de inmediato, devorándolo aún antes de darle muerte. Una vez saciado se quedó dormido, presa del sueño narcótico que creaba aquella carne. La Princesa negó con la cabeza y torció el gesto. Chasqueó luego sus dedos largos y blancos. Unos sirvientes de cuerpos retorcidos trajeron unas cadenas muy gruesas.

Los demonios de su guardia sacaron entonces al lobo narcotizado hasta la calle y en una plaza, frente a la estatua de un esqueleto suplicante, lo encadenaron.

Luego, otros sirvientes bajaron una silla de ónice negro y sedas rojas. Allí se sentó Gaya, con las cejas enarcadas, frente al lobo. Allí pasó toda la noche, estática como una estatua de mármol bajo la luz blanca de la luna. Cuando Gmork despertó vio a la Princesa frente a él y se agitó con furia. Sus patas se revolvieron una y otra vez sin lograr librarse de los grilletes.

—No me agrada este juego, mi Princesa.

Ella esbozó una sonrisa torcida.

—Tampoco a mí el tuyo, medio ser.

Y Gmork se estremeció al comprender su error. Sus mandíbulas poderosas se hundieron en el metal sin hacer el menor rasguño a aquella cadena que lo aprisionaba.

—Has olvidado, Gmork —dijo con la cabeza muy alta la Princesa desde su sitial negro—, que también yo soy una de las criaturas de fantasía. Y si luchas contra Fantasía luchas contra mí.

Gmork aulló muy alto mientras todo su cuerpo se estremecía.

—Esta cadena solo la puedo abrir yo —añadió Gaya. Se puso en pie y dio unos pasos alrededor del cautivo, manteniéndose siempre fuera de su alcance. El lobo la siguió con la mirada, sus ojos centelleaban con una expresión que nunca antes habían mostrado. Las uñas retorcidas de la Princesa señalaron los eslabones negros

—Sin embargo —La voz de Gaya tembló un poco—, ahora me iré a la Nada con mis sirvientes y no volveré jamás.

El lobo lanzó un aullido que hizo retumbar las piedras ruinosas de la plaza. Luego su cuerpo enorme se agitó de un lado a otro. Sus ojos ardieron mientras se revolvía una y otra vez sin resultado.

Ella le dedicó una última mirada y se dio la vuelta. Su túnica negra se agitó en el aire enrarecido mientras se marchaba, hacia las murallas grisáceas, cada vez más irreales y hacia su final. A su espalda, cada vez más lejano escuchó el lamento desolador del lobo.



Publicado por PRK @ 15:05  | Nomadas
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios