
Finalmente se encontró con el lagarto Zacarías Zanguango, que estaba dormitando sobre una piedra soleada. Sus escamas verde esmeralda centelleaban lujosamente.
Al acercarse la tortuga, abrió un ojo, parpadeó y dijo adormilado:
-¡Alto! ¿Identidad? ¿Procedencia? ¿Destino?
-Me llamo Tranquila Tragaleguas -dijo la tortuga-, vengo del vetusto olivo y quiero ir a la guarida del león.
Zacarías Zanguango bostezó:
-Vaya, vaya, ¿y qué se le ha perdido a uno por allí?
-Voy a la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo, pues él ha invitado a todos los animales, así que a mí también -le contestó Tranquila.
Entonces, Zacarías Zanguango, asombrado, abrió también su otro ojo y contempló aliviado a la tortuga.
-¿Y cómo se imagina un vulgar tragapolvo -gangueó al rato- que aún va a llegar allí?
-Paso a paso -dijo Tranquila.
Zacarías Zanguango se apoyó en los codos y tamborileó con los dedos.
-Vaya, vaya, ¿con tanta calma quiere uno ir a una boda que ya habría sido hace una semana?
-¿Es que no ha sido hace una semana? -preguntó Tranquila.
-No -contestó Zacarías Zanguango con desgana.
-Estupendo -dijo Tranquila satisfecha-, pues entonces aún llegaré a tiempo.
-¡Segurísimo que no! Como alto funcionario de la corte del león tengo el gusto de explicar: la boda queda provisionalmente aplazada. Leo Vigésimo-Octavo tuvo que marchar repentinamente a la guerra contra el tigre Sebulón Sableador. Así que puede uno volver de nuevo a casa con toda confianza.
-Lo siento, pero no puede ser -contestó Tranquila Tragaleguas-, mi decisión está tomada.
Y con esto dejó al lagarto tumbado a su izquierda, y siguió caminando lenta y pesadamente.
Zacarías Zanguango, sin embargo, se quedó absorto mirando hacia adelante, murmurando una y otra vez:
-Uno se pregunta realmente si... desde luego, uno se pregunta realmente si...
La tortuga volvió a caminar durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.
Al atravesar un desierto pedregoso, se encontró con un grupo de cuervos que estaban acurrucados sobre un árbol seco y que parecían sumidos en sombrías reflexiones.
Tranquila Tragaleguas se detuvo para preguntar por el camino.
-¡Hachís! -graznó uno de los cuervos antes de que ella hubiese dicho nada.
-¡Salud! -exclamó Tranquila amablemente.
-No he estornudado -gruñó malhumorado el cuervo-, sólo me he presentado. Soy el sabio Hachís Halef Habacuc.
-¡Oh, perdón! -dijo ella-, yo me llamo Tranquila tragaleguas y sólo soy una tortuga normal y corriente. ¿Puedes, por favor, decirme sabio Habacuc, si por aquí se va a la guarida de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo? Es que estoy invitada a su boda.
Los cuervos se lanzaron unos a otros significativas miradas y soltaron unas tosecillas.
-Bien podría decírtelo -explicó Habacuc y se rascó la cabeza con la garra-, pero ya no te serviría de nada. Pues el donde está hora nuestro Gran Sultán no podemos alcanzarlo ni siquiera nosotros los sabios. Y tú, pobre e ignorante animal que se arrastra, ¿cómo podrías encontrarlo nunca con tus pocas luces?
-Paso a paso -dijo Tranquila.
Los cuervos volvieron a intercambiar significativas miradas y soltaron unas tosecillas.
-¡Oh, ciega criatura! -graznó solemnemente Habacuc-, aquello de lo que hablas, hace tiempo que pasó. Y el pasado nadie puede recuperarlo.
-Ya llegaré a tiempo -dijo Tranquila llena de confianza.
-¡Imposible! -le contestó Habacuc con voz sepulcral-, ¿no ves que estamos de luto? Hace pocos días hemos enterrado a nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo. Fue herido tan gravemente en la lucha contra el tigre Sebulón Sableador, que murió sin remedio.
-Ah -dijo tranquila-, pues de veras que lo siento.
-Así que vuelve a casa -le aconsejó Habacuc-, o quédate aquí y llora con nosotros.
-Lo siento, pero no puede ser -contestó Tranquila amablemente-; mi decisión stá tomada.
Y con eso volvió a ponerse en camino.
Los cuervos se quedaron mirándola con reproche, luego juntaron sus cabezas y graznaron:
-¡Qué persona más obstinadas! Quiere ir realmente a la boda de alguien que hace tiempo que ha muerto.
Tranquila Tragaleguas volvió a caminar lenta y pesadamente durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.
Y por último llegó a un bosque lleno de árboles en flor. En el centro del bosque había un gran prado cuajadito de flores. Y en ese prado estaban reunidos muchos animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, todos muy contentos y en alegre espera.
-Ah, por favor -preguntó Tranquila Tragaleguas a un pequeño tití que brincaba junto a ella y tocaba las palmas-, ¿por dónde se va a la guarida de nuestro Gran Sultán?
-¡Pero si ya estás ante ella! -exclamó el monito (que dicho sea de paso se llamaba Yussuf Yomerrasco, pero esto ya no tiene aquí importancia)-. ¡Ahí enfrente está la entrada!
-¿Y es ésta, quizá -preguntó discretamente Tranquila Tragaleguas-, la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo?
-¡Qué va! -exclamó el monito-. ¡Realmente debes venir de muy lejos! ¡Sí, hoy celebra su boda, como todo el mundo sabe, nuestro nuevo Gran Sultán, Leo Vigésimo-Noveno!
En este momento apareció a la entrada de la guarida un magnífico y joven león con una majestuosa melena que brillaba como el sol. Y junto a él estaba una hermosa y joven leona.
Y todos los animales gritaron: "¡Viva!" y "¡Vivan los novios!", y luego se bailó y se jugó y se comió en abundancia y se cantó hasta altas horas de la madrugada. Y las luciérnagas alumbraron y los ruiseñores y los grillos se encargaron de la música. En una palabra, fue realmente la fiesta más hermosa que jamás haya habido.
Y entre los invitados estaba Tranquila Tragaleguas, un poco soñolienta, eso sí, pero muy feliz, y manifestó:
-Ya lo dije yo siempre, que llegaría a tiempo.