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üérquobad, el Anciano de Plata, se había quedado dormido en su sillón porque era ya noche avanzada. De esa forma se perdió la experiencia más importante y hermosa que hubiera podido tener en sus ciento siete años de existencia. Lo mismo les pasó a otros muchos en Amarganz, ciudadanos y forasteros que, agotados por la fiesta, se habían entregado al descanso. Sólo unos pocos estaban aún despiertos, y esos pocos oyeron algo que superaba en belleza a todo lo que habían oído o podrían oír nunca.