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uando el ruido de los cascos del caballo de Atreyu se apagó, Caíron, el centauro negro, se dejó caer de nuevo en su lecho de pieles. El esfuerzo lo había agotado. Las mujeres que, al día siguiente, lo encontraron en la tienda de Atreyu temieron por su vida. Incluso cuando, unos días más tarde, regresaron los cazadores, apenas estaba mejor, pero de todas formas pudo explicarles por qué se había marchado Atreyu y por qué tardaría en volver. Y como todos querían al muchacho, a partir de entonces se quedaron serios y pensaban en él preocupados. Al mismo tiempo, sin embargo, se sentían orgullosos de que la Emperatriz Infantil le hubiese encomendado precisamente a él la Gran Búsqueda aunque nadie pudiera entenderlo del todo.