
Texto: Agustín Abreu Cornelio en
Los buenos reflejos del señor Ende [fragmento].
Suspirar como la Victoria de SamotraciaImagen: --
Michael Ende es el adalid de la literatura fantástica alemana, privilegio ganado principalmente por La historia interminable y Momo, pero el libro del que deseo hablar es El espejo en el espejo, no tan difundido como los dos anteriores. Sería inexacto definirlo como una colección de cuentos, primero porque si bien la mayoría de las partes del libro pueden leerse de manera aislada, hacerlo así supone mutilar impunemente su sentido y su poética. Y segundo porque no todos los textos cumplen con la definición de cuento. Lo más justo sería decir que es un LIBRAZO o, más mesurado, un conjunto de relatos.
La estructura del libro en su unidad se regodea en los conceptos de espejo y laberinto, pues la autorreferencialidad es tal que Hor, ese personaje que en el primer relato se identifica con nosotros mediante una estrategia meramente formal (la permutación entre el narrador en primera persona y el de tercera), termina por ser el lector mismo que mira los textos con la impresión de que ya ha pasado anteriormente por dicha sala, y buscando una pista que brinde una mejor localización nos encontramos con la ausencia de títulos, un anonimato que obstaculiza tanto la identificación como la autonomía, fomentando la apariencia de unidad: sin títulos no hay índice. La existencia totalizadora en el interior del laberinto es ineludible, sea esto por una creación nominativa del narrador/Hor/lector, apelando al recuerdo de ese minotauro que presagia en las primeras páginas: “verás: yo he guardado todo fielmente”, o bien el recurso de la ensoñación –posibilidad que se sostiene en menor grado, pero que convalida la condición fantástica de los relatos.
Lo que priva a lo largo de El espejo en el espejo es la angustia humana manifestada por un lenguaje que se empeña en expandir los límites de la verosimilitud. Ni el tiempo ni el espacio se ajustan a los que cotidianamente experimentamos. Los atajos se prolongan excesivamente, los rodeos se convierten en la ruta crítica, el horizonte parece multiplicar las distancias sobre la superficie de dos espejos confrontados. El universo, por otro lado, se reduce al sitio que un bailarín debe ocupar detrás del telón justo antes de su presentación. La propia forma del laberinto se concibe en sus polos opuestos: es el espacio que se repite indefinidamente, tal la biblioteca de Babel borgiana, y se cumple también en la sencillez de una puerta que conduce a cualquier lugar, según el estado de ánimo de quien lo cruce (una puerta que se abre como un libro y se comporta como tal). Y el tiempo no es aquel de los comentaristas de Heráclito; por momentos comparte la temporalidad en la que Didi y Gogo esperan a un tal Godot, y en otros parece ser una reinvención de la paradoja de los mellizos con la que los físicos relativistas ejemplifican los efectos de los viajes a velocidades cercanas a la de la luz.
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