martes, 07 de abril de 2009


Texto: Michael Ende

Imagen: Der Tänzer auf der Kugel. Edgar Ende 1948


Érase una vez un pobre niño que no tenía padre ni madre, todos sehabían muerto y ya no quedaba nadie en el mundo. Se habían muerto todos. Y élfue y se puso a llorar día y noche. Y como ya no había nadie en la tierra,quiso ir al cielo, y la luna le miraba tan risueña, y cuando por fin llegó a laluna, era un trozo de madera podrida, y entonces se fue al sol, y cuando llegóal sol, era un girasol seco, y cuando llegó a las estrellas eran mosquitos deoro pequeñitos, que estaban prendidos como los prende el alfaneque en elendrino, y cuando quiso volver a la tierra, la tierra era una olla del revés, yestaba completamente solo, y entonces se sentó y empezó a llorar y todavíasigue sentado, y está completamente solo.

(Büchner, Woyzeck)

 
No lleva a ninguna parte negar miorigen: soy un ser primitivo originario de una reserva centroeuropea. Por muchoque me esfuerce en disimular, todo habitante, científicamente ilustrado, delgran desierto de la civilización exterior me reconocería al momento. Sondeterminados ademanes, un determinado deje de voz, parece que también unadeterminada manera de guardar silencio, lo que nos traiciona. Así que prefieroconfesarlo en seguida.

La reserva de la que provengo sellama «literatura infantil». Forma parte de las reservas toleradas con sonrisade conmiseración por los habitantes del desierto de la civilización, e inclusomimadas por ciertas asociaciones-good-doer, pero en el fondo despreciadas portodos: como, por lo demás, casi todo lo que tiene que ver con los niños. Asíque, en comparación, no estamos nada mal. De vez en cuando, eso es cierto,entre los habitantes del desierto de la civilización se pone de moda elocuparse de nosotros, y entonces masas de celosos misioneros recorren nuestros bosquesy praderas, levantan planos de nuestras tierras y nos amonestan, bondadosa oenérgicamente, a someternos por fin a la Ilustración científica, única salvadora, y a nocontar en lo sucesivo sino historias realistas, socialmente relevantes, decrítica social o, al menos, con valor emancipatorio. Nosotros, claro,prometemos todo lo que quieren, nos inclinamos también reverentemente, comoellos exigen, en dirección a los cuatro puntos cardinales que para ellos sellaman Marx, Freud, Einstein y Darwin. Ellos, entonces, se marchancontentísimos. De eso hace ya algún tiempo, y en el ínterin nos dejanrelativamente en paz.

Hay, sin embargo, en nuestrareserva un enclave especial odiado ferozmente por esos misioneros, porque hastalos de mejor voluntad han perdido la esperanza de desterrar de tal enclave elespíritu de las tinieblas. Ese enclave se llama «el libro infantil fantástico».Se trata de una región en la que, por así decir, se juntan dos reservasdiferentes, a saber, la de esa literatura «intocable» ya descrita, y la de laliteratura fantástica, que, en su conjunto, es considerada como de evasión ypor tanto carente de valor, pero que de todos modos se toma en consideracióncomo ejemplar curioso, en la medida en que, conforme a lo que se espera, adoptauna actitud enfermiza, escandalosa o por lo menos obscena. El cruce de ambasreservas no sólo acumula los correspondientes efectos de tabú, sino que losmultiplica. Cuando el buen misionero ha dado su beneplácito al libro infantilrealista, por ser instructivo o pedagógicamente valioso, ante el libro infantilfantástico, por lo general, se queda con la boca abierta. No encuentra normas,criterios que le puedan servir de punto de referencia para su mensaje salvador.Nadie se asombrará de que tal hecho, en general, no redunde en beneficio de loslibros. En todo caso, sólo los más libres de prejuicios entre los conformadoresde la opinión pública se atreven a adentrarse en esa zona. No se dejan vencerpor privaciones y fatigas, no se desaniman y, con admirable empeño, buscan ybuscan por si al final se pudiese sacar a la luz, con ayuda de lainterpretación, algo científicamente aprovechable. ¡El gran Galimatías losbendiga por ello!

Ese enclave de nuestra reservaes, pues, mi lugar de origen. De una persona que, sin avergonzarse, admitecosas tan penosas, se espera por parte de la gente civilizada que al menosañada: ¡Y estoy orgulloso de ello! (Más o menos conforme a la fórmula deTucholsky: Estoy orgulloso de ser judío. Si no estoy orgulloso, sigo siendo judío.Así que más vale estar orgulloso en seguida.)

No, yo no estoy orgulloso deello. No estoy orgulloso por la sencilla razón de que todas esasclasificaciones en literatura infantil y literatura para adultos, literaturafantástica y literatura realista, literatura para amas de casa católicas yliteratura para ciclistas zurdos, es una estupidez de tal calibre que losindígenas tenemos que beber mucha agua de fuego para poder creer que loshabitantes del desierto de la civilización están realmente en sus cabales.

Ahora bien: hace poco algunos demi tribu y yo hemos conseguido abrir las fronteras de nuestra reserva, llamarla atención del auténtico mundo literario, poner en un cierto desorden suscriterios e incluso situarnos en la lista de best-sellers. Estoy viendo con mimirada interior las cejas arqueadas de las personas benévolas y cómo asientencon la cabeza pareciendo preguntar: ¿no te dije?

No: tampoco estoy orgulloso deeso. Tales cosas nos suceden a veces a los indígenas sin ninguna intención pornuestra parte. ¿Cómo vamos a estar orgullosos de que nos aplauda un mundo quees inhabitable para nosotros? Tales éxitos demuestran únicamente que eldesierto de la civilización también parece volverse poco a poco inhabitablepara un número cada vez mayor de los que lo habitan. Muchos de aquellos aquienes la Ilustracióncientífica les ha ido agotando los manantiales de la vida sienten, pura ysimplemente, una sed desesperada de lo maravilloso. En su mundo aséptico yfuncional se les ha hecho desaparecer, a base de raciocinio, lo maravilloso, obien, caso de que eso no se haya conseguido del todo, se les ha prometidohacerlo desaparecer definitivamente dentro de muy poco. En nuestra reserva,amenazada por todas partes por apisonadoras, productos químicos y medidas deracionalización, siguen brotando algunos manantiales. Por eso vienen a ella lossedientos. Pero el hecho de que tengan sed no es para nosotros motivo deorgullo.

Me han contado que hace poco, enlas fronteras de todas las reservas parecidas a la nuestra, se han colocadograndes letreros que advierten: «¡Cuidado! ¡Aquí empieza el terreno de loirracional! ¡Peligro de muerte! ¡Prohibido el paso!».

Nosotros, ingenuos indígenas, nospreguntamos en vano lo que eso querrá decir. Lo que en el desierto de lacivilización significa racionalidad e Ilustración científica nos parece que hatenido el efecto contrario de lo que la razón y la lealtad exigen a todapersona cabal. Vemos que esas personas, con su Ilustración científica,envenenan el cielo, la tierra y las aguas. Vemos que se destruyen a sí mismosfísica y psíquicamente. Vemos que la cima de sus conocimientos ha consistido encrear una bomba con la que se puede destruir la vida de la tierra no sólo una,sino muchas veces. Si esos resultados de su racionalidad no les infunden miedo¿por qué tienen tanto miedo de nuestra irracionalidad? Ellos, sin embargo, notienen miedo de su racionalidad, al contrario, están incluso orgullosos deella. ¿Están mal de la cabeza?

Los misioneros del desierto de lacivilización nos dicen que todas esas cosas horribles de ninguna manera hablanen contra de la Ilustración científica, pues sólo se trata de la falsaaplicación de unos conocimientos que, en sí, son exactos. Nosotros, en cambio,nos preguntamos cuánto tiempo ha de pasar aún para que comprendan por fin queno se trata de hacer un uso diferente de sus conocimientos, sino de aspirar aotro género de conocimientos. Lo que ellos llaman racionalidad, por lo visto,los ha cegado. ¿Es posible que no vean de verdad que la muerte está agazapadadesde el comienzo en esa manera de pensar y que ahora va saliendo poco a poco ala luz? ¿Es posible que crean de verdad que un pensar muerto y mortal, con sóloaplicarlo como debe ser, está al servicio de la vida?

Lejos de mí, bien sabe Dios,hacer ahora, por así decir, de misionero contrario, pero para quienes tenganinterés, trataré de explicar más exactamente lo que he querido decir. Para ellotengo que contar un poco cómo y por qué surgió la reserva de la que provengo.

En el desierto de la civilizaciónse suele contar una historia al respecto absolutamente falsa. Dicen allí -y asíse lee en todos los trabajos que ellos escriben sobre el tema- que laliteratura infantil y juvenil surgió debido al creciente interés que lahumanidad moderna y civilizada siente por el niño y sus necesidades. Eso es, siacaso, un eufemismo, o mejor dicho, es el anverso, primorosamente pulimentado,de una moneda cuyo reverso presenta un aspecto muchísimo menos placentero.

¿Cuándo surgió la necesidad de crearlesa los niños un mundo propio, y, por tanto, también una literatura propia? Enotras civilizaciones -suponiendo que no hayan caído ya bajo la influencia de la Ilustracióncientífica-, niños y adultos viven en un mundo común. En la Europa de antes también eraasí. ¿Cuándo y por qué se dividió ese mundo en dos partes?

Los inicios de lo que hoyllamamos literatura infantil se sitúan en los comienzos del siglo XIX. Antesexistían los cuentos, pero éstos de ninguna manera eran «sólo para niños». Enel desierto de la civilización se supone que el pueblo se había inventado esashistorias fabulosas porque era ignorante e ingenuo. En nuestra reserva estamosmás enterados: el pueblo no se inventa esas historias, sino que solamente lascuenta, cuidadosa y exactamente, con las mismas palabras. Los autores anónimosde los cuentos eran en realidad hombres sabios que sabían muy bien, hasta en elmenor detalle, lo que decían. También había leyendas de santos y relatosbíblicos, había viejos sistemas mágicos de correspondencia, en los que todo secorrespondía con todo, existía la alquimia, la astrología y el universo de losmitos. Aquel mundo era igualmente habitable para adultos y para niños, lasdiferencias consistían únicamente en el grado de saber y de sabiduría.

Todo cambió con el comienzo de lamodernidad. Por aquellos tiempos, el moderno intelectualismo empezó a desbancaren todos los campos a la vieja espiritualidad de Europa. En sus distintasmanifestaciones -las ciencias «objetivas» de la naturaleza, con su posterioraditamento de técnica e industria por un lado, y unas ciencias del espíritu yuna teología que se diluyen cada vez más para transformarse en secasabstracciones, por otro- extirpó con fogoso celo los últimos restos de lasimágenes antropomórficas, o sea, afines al hombre, que aún existían deluniverso. En el siglo XIX su triunfo fue total: la imagen del mundo se habíavuelto literalmente inhumana.

A partir de entonces, el cosmossólo se veía como una maquinaria, impasible y vacía, que funciona según unnúmero limitado de leyes físicas. Nuestro sistema planetario, insensiblenubecilla de polvo al margen de la galaxia, se desprendió un día casualmente deuna gigantesca nebulosa de hidrógeno y seguirá rodando hasta que en algúnmomento sucumba al calor o al frío. En el cósmico silencio de cementerio quevendrá después, toda la historia de la humanidad, con sus civilizaciones,religiones, luchas y penalidades no habrá sido otra cosa que un apenasperceptible, absurdo y diminuto intermezzo en una imprevisible serie deformidables pero igualmente absurdos acontecimientos.

¿Y el hombre como tal? Un pequeñogrumo de albúmina, bajo la influencia de radiaciones cósmicas, había empezadocasualmente a multiplicarse, el ser vivo más fuerte y mejor adaptado devorabacada vez a los otros, alcanzando así un estadio más y más elevado de laevolución, hasta que finalmente, pasando por formas previas del género de losanfibios y los simios, se llegó mendelianamente a la cumbre de la selecciónnatural: ¡el profesor universitario! Y lo que hasta entonces había sidoconsiderado erróneamente como el alma humana, con todos sus ideales delibertad, inteligencia, responsabilidad, amor, fuerza creativa, humor ydignidad humana, fue declarado pura ilusión. «Visto objetivamente», en elcerebro y en el sistema nervioso sólo había una suma de procesos automáticos,electroquímicos, que con los correspondientes hilos conductores en la cabeza omediante psicofármacos, se podían modular a voluntad.

Ese deprimente conjunto de ideas,literalmente dejado de la mano de Dios, era, pues, ahora, el mundo de losadultos. El adulto estaba orgulloso de su despiadado «amor a la verdad», y, muyen especial, estaba muy orgulloso de haber puesto por fin al descubierto esaengañifa de la Creación. La fórmula de desencantamiento incesantemente recitadarezaba: «Hoy sabemos que sólo se trata de...». Con ese «sólo» se podíandeclarar como hechos científicos las más estúpidas y más improbables hipótesis.Para nosotros, indígenas, siempre será un enigma ese ciego empeño en deshacerhechizos.

Pero hasta el más fanáticomisionero de la Ilustración científica, única salvadora, captó hasta ciertopunto, oscuramente, que en un mundo con ese universo de ideas los niños nopodían vivir, ni respirar, ni prosperar, que en ese desolado paisaje, su alma,pura y simplemente, moriría de hambre y de sed. Precisamente por eso se toleróque se creara nuestra reserva, en la que los pequeños salvajes se entregasen,al menos durante un par de años, a sus instintos animistas y antropomórficos,en la que se les permitiese imaginar una naturaleza poblada por seresmaravillosos y misteriosos, por elfos, enanos y hadas: hasta el momento en quese les considerase suficientemente «maduros» para hacerles conocer todas esasrepresentaciones que hoy se llaman «hechos objetivos». Entonces se les enseña alos pequeños salvajes que no hay ninguna «luna buena» (*) que «marcha a travésde las nubes nocturnas», y ante cuyo «resplandor se siente que no se estásolo», sino solamente un grumo cualquiera de escoria y polvo que, debido adeterminadas leyes de la mecánica, queda detenido en su órbita. Tampoco hay un«querido sol» que «sonríe» desde el cielo al pequeño salvaje, sino sólo unabola de gases que mediante incesantes reacciones nucleares lanza, sin sentidoni razón, inconcebibles masas de energía a un espacio cósmico vacío.

Tampoco hay una «madre tierra»,que nos «alimenta» a nosotros, sus «hijos», y con la que tenemos una deuda de«agradecimiento y respeto», sino un montón de sustancias químicas que se puedenexplotar para todos los fines imaginables, con que sólo se disponga de lasuficiente astucia. En resumen: al pequeño salvaje se le explica con la máximaclaridad que todo lo que hasta entonces le hacía ver el mundo como algo afín,como algo suyo, no era sino un burdo y amable embuste. No hay Niño Jesús, nohay cigüeña, ni conejito de pascua, ni ángel de la guarda ni enanitos. Elpequeño salvaje se entera de que hasta entonces, durante todo el tiempo, se leha tomado por un perfecto idiota, ni más ni menos. Tal fundamental abuso deconfianza no se toma en serio por una sola razón: porque suele pasarinadvertido. Lo que queda es un inconsciente pero no por eso menos hondodesengaño. Y el convencimiento de que sólo puede ser verdad lo que sabe adesengaño. A partir de ese instante, el niño está, efectivamente, «maduro» paraconvertirse en habitante del desierto de la civilización.

 

«Y estaba completamente solo yentonces se sentó y empezó a llorar y todavía sigue sentado, y estácompletamente solo.»

Nosotros, indígenas, creemos encambio que un mundo que no es habitable para los niños tampoco lo puede ser, enúltimo término, para los adultos. El llamado adulto de hoy, a quien le hanobturado el cerebro con un concepto de realidad mezquino hasta la ridiculez,considera todo lo maravilloso y misterioso como «irracional», como «fantástico»o «de evasión» o comoquiera que recen todas esas expresiones degradantes. Sinembargo, en la literatura infantil, ese adulto concede, nolens volens, un ciertoderecho a existir a todo lo que ve como inservible para él mismo. A veces loprueba un poco a escondidas, cuando se hunde en la depresión a causa de esemundo suyo tan perfectamente desencantado, pero eso sólo lo hace cuando nadiele ve. Si no, le daría vergüenza. Después, suele llamar a gritos, con másfuerza aún que antes, a los desencantadores.

Yo me pregunto muy en serio siuna historia como la Odisea-suponiendo que aún no existiera y que fuese escrita por un Homero de hoy-podría hoy aparecer hoy en letra impresa de otro modo que provisto de laetiqueta disculpadora «libro infantil». Pues ese libro rebosa de gigantes,reyes de los vientos, hadas hechiceras y otros personajes «no-realistas».Incluso el Fausto podría ser ofrecido hoy únicamente como fábula teatral, puestodo hombre de hoy, ilustrado por la ciencia, sabe que no existe el diablo yque por consiguiente tampoco se puede hacer un pacto con él.

¡Perdón! He olvidado que eso espoesía. Entonces no hace falta tomar las cosas tan en serio, ¿no? Todo tienecarácter simbólico. Claro. El desierto de la civilización está salvado. Perotengo que volver una vez más al concepto de realidad. Personas de buena fe measeguran que desde hace ya mucho tiempo en todos los frentes se está superandoel materialismo puro y duro. Los indígenas, para ser sincero, no tenemos esaimpresión. Al contrario. Como podemos inferir del famoso y celebrado libro Másallá de la libertad y la dignidad, del americano B. F. Skinner, investigadordel comportamiento, la ciencia está ahora a punto de expulsar elantropomorfismo de sus últimos reductos, a saber, de la misma ciencia delhombre. El hombre, leemos allí, en realidad -o sea, visto objetivamente- no separece al hombre. Precisamente aquello que pensábamos que era el auténtico serdel hombre, es decir, su libertad y su dignidad, eso no existe. Todo ello noera otra cosa que ingenua y acientífica superstición. Nosotros, los indígenasde la reserva, no nos extrañamos de que los jóvenes que se han criado en eldesierto de la civilización y que tratan de vivir con tales «verdades» ponganbombas y disparen a voluntad sin el menor escrúpulo. Pues desde luego no tienela menor importancia el que en el mundo haya unos sistemas más o menos de«reflejos condicionados». Y el hombre no es más que eso.

Nos gustaría saber cómo se puedefundamentar a partir de tales ideas el que el fuerte no tenga derecho a vivir,sin ningún tipo de miramientos, a costa del más débil. ¿No ha sido esaexactamente la manera como el hombre ha ido evolucionando hasta sus cimasactuales? ¿Por qué no va a seguir comportándose así? Nos gustaría saber por quéno se pueden realizar experimentos en los campos de concentración, con lallamada «vida que no merece vivir», experimentos que sin embargo son útiles ala ciencia y por tanto al progreso de la humanidad. Preguntamos por qué no va apoderse resolver el problema de la superpoblación arrojando algunas «limpias»bombas atómicas. Para lo cual, naturalmente, habría que determinar quién tieneque caer y quién no. Tal decisión se podría dejar tranquilamente a un gremiointernacional de expertos que verdaderamente sean capaces de pensar de un modo«moralmente neutro».

¡De ninguna manera!, oigo gritaral unísono a los misioneros de la Ilustración científica, única salvadora. ¡Esoestaría en contra de toda ética, de toda moral, de toda humanidad!

¿Ética, moral, humanidad? ¿Puedesaberse de dónde salen de pronto esos conceptos? ¿No acabamos de oír que sontodos ellos valores subjetivos, es decir, ilusorios, que no existen objetivamente?¿Qué se les ha perdido a esos valores en un pensar libre de valores? Lareivindicación de ortodoxia de los espíritus ilustrados es general, inexorabley exclusiva. ¿Por qué entonces están horrorizados cuando alguien obra enmonstruosa consecuencia con esas enseñanzas? ¿O es que al final son ellosquienes no van a tomar perfectamente en serio lo que ellos predican?

Hay de todo: el profesor quedurante la semana anuncia desde lo alto de su cátedra que la concienciacognitiva humana no es otra cosa que la suma de los procesos electroquímicosdel cerebro y del sistema nervioso, pero que el domingo va, como buen ciudadanoy buen cristiano, a la iglesia, y escucha allí que el hombre tiene un almainmortal. Consiguiendo creer lo uno y saber lo otro. Ya Newton realizó la mismahabilidosa pirueta al señalar que no había que introducir las verdadescientíficas en la religión, pues ésta sería entonces heterodoxa, pero que porotra parte tampoco había que introducir las verdades religiosas en la ciencia, puesésta sería entonces fantástica.

¡Los indígenas nos llenamos deasombro!

La esquizofrenia de tal actitudestá tan a la orden del día en el desierto de la civilización que ya se latiene por el estado normal del hombre sensato. Lo que allí se exige es, en lapráctica, que el pensamiento del hombre sea una cosa, su comportamiento moral,otra. Vuelvo a lo mismo: ¿están mal de la cabeza?

Ellos han dividido violentamenteel mundo en dos: uno «subjetivo» y otro «objetivo». Y no han notado que de esemodo han sido víctimas de una perfecta ficción. No quieren comprender que unmundo sin conciencia humana no puede existir, pues para pensar un mundo así, senecesita en cualquier caso una conciencia humana, o sea, la conciencia de quienquiere eliminar esa conciencia. Así han caído en un fatal círculo vicioso queellos no perciben porque, cuando tienen presente una de las mitades, la otradesaparece siempre de su campo de visión y de su memoria. Ese círculo viciosofunciona de la siguiente manera: toda percepción de un objeto, dicen, essubjetiva, no hay colores, sonidos, sabores, todo es ilusión. Si se siguepreguntando: ¿cómo sabéis entonces que existís, pues de vuestra existenciatenéis que estar seguros cuando emitís tales juicios?, entonces responden: lapercepción del sujeto es objetiva. ¿Está claro? Clarísimo.

Nosotros, ingenuos salvajes,pensamos en cambio que el mundo y la conciencia humana forman una unidad y queno es posible separar el uno de la otra. Tat twam asi, decían los antiguosindios, «Tú eres eso»; lo que percibes, eso eres tú.

Hay ya algunos científicos,pocos, que se han dado cuenta de cuán problemática es toda esa pretensión deobjetividad. Heisenberg escribe en un artículo más o menos lo siguiente: siobservamos la estructura del átomo, tal y como se nos presenta hoy, ¿qué es loque percibimos? Solamente la estructura de nuestra propia conciencia.

Stanislaw Lem, el autor polaco deciencia-ficción, ha escrito un libro divertidísimo sobre ese efecto-de-espejo.La novela se titula La voz del Señor. Un radiotelescopio -se cuenta allí- captaun día una serie de señales ordenadas, procedentes de algún lejano rincón deluniverso. Tras breve pausa, esas señales se repiten, una y otra vez, y siempreen el mismo orden. Se funda un enorme centro de investigación, mantenido enestricto secreto. Se consulta a las mayores eminencias de las más diversasespecialidades. Al principio se piensa naturalmente en un mensaje de otrasinteligencias, pero ¿cómo descifrarlas, puesto que cualquier método presuponeque esas inteligencias tengan, de un modo u otro, una afinidad con nosotros? Sepiensa entonces en una «información», como la que contienen los núcleos de lascélulas. Pero entonces se dan cuenta de que así sólo se está trasponiendo uncontenido de la propia conciencia a otra conciencia totalmente ajena. Losintentos de escapar a ese encadenamiento a la propia conciencia se vuelven cadavez más complicados y atrevidos, pero todos resultan inútiles.

A los indígenas sólo nos quedaañadir: y lo que vale para el mensaje del universo, vale igualmente paracualquier tallito de hierba. Los hechos que vais a encontrar correspondensiempre a la manera como preguntéis por ellos. Por eso no aspiramos a las«verdades objetivas» sino a la sabiduría. Pues los misterios del mundo se abrensólo a quien está dispuesto a dejarse transformar por ellos.

Nosotros creemos que por esonecesitamos un nuevo género de ciencia, una ciencia que vuelva a fertilizar eldesierto de la civilización, una ciencia que haga innecesaria nuestra reservacentroeuropea, que haga que los hombres vuelvan a sentir este mundo como algosuyo, que mida a los hombres con medidas humanas (las cuales, como sabemos porel Apocalipsis de San Juan, son también las de los ángeles, por la sencillarazón de que no hay otras), que no supere el intelectualismo mediante la«irracionalidad», sino reflexionando sobre él hasta sus últimas consecuencias,y que -finalmente-, mediante un pensar con más contenido real, o sea, máscercano a la vida, lo vuelva a introducir en el ámbito de la experienciahumana.

Hasta entonces, nosotrosproseguiremos a nuestra manera el combate. Nuestra religión se llama poesía.Creemos que la poesía es para los hombres una necesidad vital elemental, aveces más vital que el beber y el comer. En nuestra reserva hay quien piensaque la verdadera ciencia y nuestra poesía vendrán a ser, en definitiva, unamisma cosa. Esperemos tranquilamente a que llegue ese momento. La poesía es lacapacidad creativa que tiene el hombre de vivirse y de reconocerse a sí mismouna y otra vez en el mundo y al mundo en sí mismo. Por eso toda poesía es, ensu esencia, «antropomórfica», o dejará de ser poesía. Y justamente por esemotivo, toda poesía tiene afinidad con lo infantil.

Al decir esto no nos referimosúnicamente a poesías y libros, sino a formas de vida y explicaciones del mundoaccesibles a la experiencia, a la vida. Hay en nuestra tribu una vieja profecíaque dice que un día los llamados adultos serán lo suficientemente adultos comopara dejarse decir por la poesía lo que es y lo que no es verdad. Entonceshabrá también una ciencia de una naturaleza totalmente distinta, una cienciaque no sólo encuentre verdades con las que los hombres puedan vivir sino queles ponga al descubierto su verdadero ser humano. Esa profecía es de un miembrode nuestra tribu que vivió hace mucho tiempo y que tenía el nombre de Novalis.Dice así:

 Cuando cifras y figuras
ya no sean clave de todas lascriaturas,
cuando quienes cantan y besan
sepan más que los hombres dehonda ciencia,
cuando el mundo regrese al mundo
y a la vida en libertad,
cuando se unan luz y sombra
en verdadera claridad,
y en cuentos y poesías sedescubran
las verdaderas historias delmundo,
entonces, ante una palabrasecreta
volando se irá todo el seralterado.

 

 

(*) Esta cita y las que le siguenestán tomadas de una conocida canción infantil alemana (N. de la T.)



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Publicado por PRK @ 14:37  | Carpeta de apuntes
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