Texto: Michael Ende
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Me han preguntado muchas vecespor qué en casi todos mis libros aparece una tortuga. Tengo que admitir que yomismo no me había dado cuenta de ellos hasta que me lo preguntaron. Enrealidad, las diferentes tortugas (Uschaurischuum,Morla, Casiopea, Tranquila,etcetera) se han presentado ellas solas, sin intención por mi parte, pero talvez pueda dar una respuesta, siquiera parcial a esa pregunta, algunasindicaciones sobre el lenguaje simbólico de mitos y cuentos.
La mitología universal estáliteralmente cuajada de tortugas. El Noé de los indios norteamericanos, porejemplo, no se salvó del Diluvo en un arca, como el Noé biblíco, sino, juntocon su familia sobre el dorso de una gigantesca tortuga acuática. En el mitoindio, el mundo está situado sobre el caparazón de una tortuga cósmica. Si seabre el I-Ching (El libro de las transformaciones chino), se encontrará que lossesenta y cuatro hexagramas primigenios, de los que se dice que proceden todoslos signos de la escritura, fueron sacados por un sabio prehistórico de losdibujos que se forman en las distintas placas de un caparazón de tortuga (quienhaya leido Momo quizá recuerde aquíla manera de comunicarse de Casiopea).Los ejemplos se podrían multiplicar casi a voluntad.
Lo que a mi, personalmente, meresulta tan simpático en las tortugas (hablo aquí de la tortuga terrestremediterránea) es lo siguiente:
- Su perfecta inutilidad. Las tortugas no tienen amigos ni enemigos en la naturaleza (excepto el hombre, por supuesto, que se ha convertido en el más peligroso enemigo de toda criatura, pero que no es un enemigo natural). No son útiles a nadie y no hacen daño a nadie. Simplemente, existen. En una visión de la vida como la actual, en la que todo lo que hay en la naturaleza se explica desde un punto de vista utilitario, esto me parece un hecho notable y conosolador.
- Su falta de necesidades. Las tortugas pueden vivir casi de nada, un par de hojitas diarias, así se mantienen semanas y meses.
- Su edad. No me refiero sólo a que puedan vivir, cada una de por sí mucho tiempo, sino a la edad de la especie, ya existía ésta cuando el hombre flotaba en la sopa primigenia y seguramente seguirá existiendo cuando nosotros estaremos ya muchísimo tiempo fuera de juego.
- Su rostro. ¿Han mirado ustedes alguna vez directamente a la cara de una tortuga? Sonrie. Parece saber algo que nosotros no sabemos.
- Su forma. Esto es el punto más difícil de explicar por ser ajeno a la mentalidad de hoy: si se contempla a una tortuga, no anatómica, sino simbólicamente, o sea, si se tiene en cuenta lo que expresa su figura, entonces lo que se tiene delante es un cráneo ambulante de materia córnea, el cráneo juega también un papel importante en los mitos universales en el Edda, la bóveda estrellada del firmamento se formó del cráneo del primitivo gigante de los hielos, en el cráneo se encuentra la fontanela, una pequeña abertura en la parte superior, que en el recién nacido sigue abierto por muy breve tiempo y luego se va cerrando poco a poco, eso es que el cuerpo físico -así lo cuentan algunas fuentes del viejo saber- recuerda un tiempo primitivo en que esa fontanela del hombre quedaba abierta toda la vida. En ese lugar había un órgano (todavía se puede observar hoy su curiosa configuración, en forma de peinado, en todas las estatuas de Buda) o el que el hombre, en una especia de sueño, era capaz de tener percepción más allá del mundo espacial y temporal, o sea, más allá de la bóveda celeste, los indios lo llaman “la flor de loto de mil hojas”. Puede incluso que nuestras coronas reales sean una imitación –ya inconsciente-. De ese órgano
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