Artículo publicado en Diario el País 30.08.1995
Por Elvira Lindo
No creo que Michael Ende quisieraque La historia interminable fuera interpretada como un libro absolutamentefantástico, de hecho nos hacía entrar en su enrevesada peripecia de la mano deun chaval gordo, del que hacen mofa los otros, y que cura su forzosa soledadcon la lectura y con la fantasía. Hay algo que une al lector con elprotagonista, Bastian: su deseo de ser otro, sus ganas de escapar, y el anhelodel solitario por encontrar un amigo.
Seguramente yo no hubiera leídoLa historia interminable de no ser por la presencia de un niño con unainfelicidad repleta de sentimientos reales. Comparto con Michael Ende la melancolía que alimenta a suscriaturas literarias, niños poéticos y de un salvajismo interior, como es elcaso de Momo, que siempre me ha parecido un personaje escapado de una películade Fellini.
Ende supo manejar con esa faltade gravedad que a menudo convierte en fracasos algunos proyectos de literaturafantástica. Sabía que lo mágico debe tener un ancla para unir lo imposible a la tierra. Elseñor Koreander el librero de La historia interminable, explica cómo puederelacionarse uno con lo fantástico: "Hay seres humanos que no pueden ir aFantasía y los hay que pueden, pero se quedan para siempre allí. Y luego hayalgunos que van a Fantasía y regresan, y que devuelven la salud á ambosmundos". Bastian acaba su aventura tan gordo como la empezó, pero másacompañado. Es el final para una historia que comienza con un robo. por partede su protagonista. Es de agradecer en -un momento en que muchos educadorespretenden que los libros infantiles sean pedagógicos, pero ésa "es otrahistoria y debe ser contada en otra ocasión"
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